Escenas de Ruth Núñez en La enfermedad de la Juventud. Acto 2.

Acto 2º

Escena 1ª, acto II: María y Desirée.

D.- Tienes que dar pasos más cortos.

M.- Todavía no lo sé bien. Ten paciencia.

D.- Tú sabes hacer cualquier cosa.

M.- Me galanteas demasiado abiertamente.

D.- ¡Marion! (María ríe) Mi Marion.

M.- (Ríe) Todavía no.

D.- No lleves la espalda tan tiesa. Más soltura en las caderas.

M.- Es fácil pedirlo.

D.- Todas las mañanas una hora de ejercicio y una ducha fría.

M.- Precisamente tengo tiempo para eso.

D.- Hay que encontrar el tiempo. Un buen entrenamiento te ahorra mil pensamientos superfluos por hora. (Riendo) Me has pisado.

M.- Otra vez.

D.- A ti te lo perdono todo.

M.- ¿Me quieres aún?

D.- ¡Tonta!

M.- ¿Qué decía?

D.- ¿Cómo?

M.- Una victoria del alma. “Fue una victoria del alma poder liberarse al fin de los lazos de la costumbre”.

D.- ¿Ya sabes de memoria esa estúpida carta?

M.- “… salir, evadirse de las propias limitaciones, como el potro salvaje que escapa de su encierro para ganar el horizonte”

D.- Ese encierro eras tú.

M.- “Ganar el horizonte…”

D.- Basta ya.

M.- El encierro era yo.

D.- ¿El horizonte tiene pelo rojo?

M.- ¿Quieres que te la lea?

D.- ¡Por amor de dios! (Vuelve a poner un disco)

M.- (Leyendo la carta) “Fue una victoria del alma poder liberarse al fin de los lazos…”

D.- ¡Escucha!

M.- “De los lazos de la costumbre”

D.- Oye, qué bien suena esto…

M.- Quizá él tenga razón.

D.- Deja que se vaya.

M.- Ya ves que lo dejo que se marche.

D.- Ven (Vuelven a bailar)

M.- Quizá él tenga razón.

D.- Ahora puedes dar pasos más largos.

M.- ¿Así?

D.- ¡Excelente!

M.- Hace veinticuatro horas no lo hubiera creído. ¡Que pronto se convence una!

D.- ¡Qué pronto, ni te lo imaginas!

M.- ¿O es que una solo cree cambiar?

D.- Si no te concentras no puedes bailar (Quita la música)

M.- Si estoy concentrada.

D.- No dejas de pensar en lo mismo.

M.- Ahora pensaba en Alt, en su modo de reaccionar.

D.- Si Alt fuera un hombre, sería un dios.

M.- ¿No es un hombre acaso?

D.- Eres una ingenua. Yo podría bañarme en presencia de Alt como si fuera una vieja.

M.- ¿Y ese hijo suyo?

D.- Quería tener un hijo, eso es todo, lo que en un hombre resulta todavía más incomprensible que en una mujer. Alt es una mamá masculina.

M.- Ayer estuvo muy decidido.

D.- Puede ser muy enérgico si se lo propone.

M.- Me metió el dedo en la garganta hasta hacerme vomitar.

D.- El día que yo no pueda seguir adelante…

M.- ¿Tú?

D.- … acudiré a él.

M.- ¿No poder seguir adelante… tú?
D.- ¿Te quedarás siempre a mi lado?

M.- (Pasa la mano por el cabello de Desirée)

D.- (Le da un beso en la mano) Marion.

M.- No.

D.- Apaga la luz. Soñemos. (María sigue en silencio) Ven. Acostémonos en la cama.

M.- No, todavía no estoy cansada. (Pausa) Mañana será mi fiesta de despedida.

D.- ¡Qué estupidez inventar eso!

M.- Cuando se quiere hacer un bien, después se tiene siempre la impresión de haber actuado como un estúpido… La verdad es que Federico no hizo mas que adelantar algo que era inevitable.

D.- Le puedes dar las gracias.

M.- No quiero ni verlo.

D.- Te haría bien.

M.- No.

D.- Él y Alt son como dos hermanos que no se parecen.

M.- (Sorprendida) ¿Federico?

D.- Los dos van hasta el final, sin prejuicios.

M.- En cierto modo, le tengo miedo a Federico.

D.- Y yo a Alt. Me infunde terror porque lleva ropa de hombre.

M.- Todo lo ves desde la perspectiva sexual.

D.- Esos dos llevan la misma cabeza sobre cuerpos distintos. Sus manos son diferentes, tal vez sus manos también, pero sus cabezas son iguales. El hombre es un híbrido extraño… Tú no conoces a Federico cuando pierde la cabeza.

M.- ¿Puede perder la cabeza alguna vez?

D.- De lo contrario no lo hubiera aguantado tanto tiempo. Te muerde y te chupa la sangre como una bestia. Eso ya no es voluptuosidad, sino delirio, dolor, demencia animal. Esos son los raros instantes de nuestra vida que nos permiten superar a la mísera criatura que hay en nosotros y liberarnos del cuerpo como de un cadáver.

M.- (En voz baja) No reconozco tu cara.

D.- (La abraza con violencia) Morir, Marion, Morir.

M.- ¿Morir?

D.- Solo un paso más allá de la fiebre voluptuosa, un paso más allá del dolor… y una ya no se despierta. ¡Qué hermoso sería, Marion!

M.- ¡Morir no… morir, no!

D.- ¡Si muriéramos juntas, Marion! (Sentadas, se confunden en un abrazo) ¿Para qué seguir? A veces una se engaña a sí misma por un rato, pero luego despierta y vuelve la desazón. ¿Para qué? (Pausa) Me faltó valor. Si en un momento así le susurrara a Federico: “¡Muérdeme en la garganta, mátame!…” lo haría.

M.- ¿Hacerse asesinar? No, entonces es mejor que una misma…

D.- Es más fácil hacerse matar, y más seguro. Me faltó valor. Somos criaturas pegajosas. Nos aferramos al deseo de disfrutar conscientemente aún de esa última voluptuosidad. Yo ya había logrado amaestrar a Federico para ese final por si alguna vez me decidía. Pero hasta ahora me faltó valor… Dos palabras cuando está a punto de perder la cabeza: “mátame ahora”… y lo hace. Te muerde en la garganta.

M.- ¡No sigas hablando!

D.- Algún día él lo hará, pero desgraciadamente, no conmigo. Nosotros dos ya hemos salido del fluido.

M.- ¡Morir no!

D.- (Sonríe) Ahora tus ojos son realmente azules.

M.- No digas nada.

D.- ¡Qué hermosa eres, Marion!

M.- Sigamos así, sentadas.

D.- Juntas.

M.- No hablemos. (Pausa)

D.- (Sonríe) ¿Sabes?…

M.- ¿Qué?

D.- Ahora hasta podría…

M.- ¡Dilo!

D.- Volver a repasar el mamotreto.

M.- Anatomía.

D.- Me quedan tres semanas para el próximo examen. ¡Incomprensible! Otros se matan día y noche y no aprueban. No lo entiendo.

M.- Hubo un tiempo en que yo también me mataba día y noche.

D.- ¿Fue difícil?

M.- Era hermoso.

D.- Si uno pudiera encontrar hermoso lo que resulta fácil…

M.- Cada cual tiene su manía.

D.- (Le acerca una caja de bombones) Toma. (Comen) ¿Bailamos o nos vamos a dormir?

M.- Es demasiado temprano. Me apetece té. (Se dirige a la puerta) ¡Lucy!

D.- Yo me acuesto y tú te sientas a mi lado, al borde de la cama.

M.- ¿Estás cansada?

D.- Una no debe acostarse solo cuando está cansada, sino también cuando está de buen humor. Me encanta la cama. En ella me siento cobijada, como en un hogar.

M.- Ve tú.

D.- No me dejes mucho tiempo sola. (Entra en su cuarto)

M.- (Echa una tímida ojeada a la carta) “El potro salvaje que escapa de su encierro…”
Escena 2ª, acto II: María, Lucy.

M.- Prepárame un té, por favor. ¿Qué te pasa?

L.- La señora Schimmelbrot…

M.- ¿Qué?

L.- La señora Schimmelbrot no está en casa.

M.- ¿No hay té?

L.- Sí, sí hay.

M.- (Le acerca la caja de bombones) ¿Quieres?

L.- Gracias. Yo también soy de Passau.

M.- No lo sabía.

L.- Antes no me atrevía a decírtelo.

M.- ¡Qué curioso que tú también seas de Passau!

L.- Mi padre trabajaba en el taller del tuyo. Es carpintero.

M.- ¿Por qué estás tan alegre hoy?

L.- Tu padre es arquitecto, ¿verdad?

M.- Sí.

L.- Entonces es así.

M.- ¿Por qué estás tan alegre?

L.- El tiempo es tan hermoso.

M.- ¿Vas a salir?

L.- (Sonríe) Tal vez.

M.- Entonces me prepararé yo misma el té.

L.- No puedo irme todavía… Mi novio también trabajó con tu padre.

M.- ¿Tienes novio?

L.- Es tapicero.

M.- ¿Por qué te fuiste de Passau?

L.- Somos seis hermanos.

M.- ¿Piensas casarte pronto?

L.- Cuando vuelva a casa… ¡Qué hermoso que tú también seas de Passau!

M.- (Ríe) ¿Hermoso? ¿Por qué?

L.- No quisiera ser de la ciudad donde nació… (Alude al cuarto de Desirée)

M.- ¿Desirée?

L.- Pero de Passau, sí… Todos mis hermanos son de Passau… Pero ahora se han ido de allí (Sale. María pone un disco)
Escena 3ª, acto II: Irene y María.

I.- ¿Puedo hablar contigo? (María calla) Va a ser solo un momento. (María sigue en silencio) Podemos hablar de pie.

M.- (Rápida) Discúlpame. (Se sientan)

I.- ¿Podrías bajar un poco el volumen?

M.- ¿Te molesta?

I.- Como quieras… Quisiera que no hubiera ambigüedades entre nosotras.

M.- Adoras la exactitud.

I.- ¿Aún no ha venido a verte Petrell?

M.- Ahora mientes.

I.- ¿Me dejas hablar?

M.- Petrell nunca vendría a verme. Es un cobarde.

I.- Eso depende de la influencia que se ejerza sobre él.

M.- (Ríe) ¿Ah, sí?

I.- Nadie vive solo de sus recursos.

M.- Bajo tu influencia adquiere coraje.

I.- Estás irritada.

M.- Tu educación lo redime, lo convierte en un héroe.

I.- ¿De veras que te divierte esa música? (María no contesta) Uno apenas oye sus propias palabras.

M.- ¡Qué extraño que una persona pueda cambiar físicamente en veinticuatro horas!

I.- ¿Qué quieres decir?

M.- Tu cara se ha redondeado. Estás más quieta y más llena.

I.- Habré aumentado de peso tal vez.

M.- Lo punzante ha desaparecido de tus facciones. Estás hermosa. (Se levanta y quita la música)

I.- Gracias a Dios.

M.- Ponte cómoda.

I.- Quisiera que arreglásemos las cosas objetivamente.

M.- Si así lo quieres…

I.- Petrell…

M.- ¡Objetivamente!

I.- Petrell…

M.- Di Otto. Petrell en tu boca es una mentira. Esta mañana he recibido una carta suya.

I.- Lo sé.

M.- ¿Te hace leer las cartas que escribe? ¿O quizás las escribís juntos?

I.- Él tiene estilo propio.

M.- Me consta. Potro salvaje en su encierro.

I.- Es un poeta.

M.- Es un poeta.

I.- Vine para ofrecerte nuestra amistad.

M.- Gracias.

I.- Hiciste mucho por él.

M.- Gracias.

I.- Le ayudaste a superar las épocas más difíciles.

M.- (Irritada) Gracias.

I.- No lo olvidará nunca. Habla muy bien de ti. Fuiste más que una madre para él.

M.- (Fuera de sí) ¿Te vas a callar de una vez?

I.- No te comprendo.

M.- ¡No me comprendes!

I.- Él te aprecia demasiado como para poder borrarte de su vida.

M.- La vida del potro salvaje.

I.- Esos son floreos literarios.

M.- Los que podrías haber inventado tú. ¿Ya escribes por él?

I.- Contigo no se puede hablar.

M.- No soy una estúpida.

I.- Nadie ha dicho que lo fueras (se levanta)

M.- Quédate sentada.

I.- ¡María!

M.- ¡No soy una estúpida!

I.- ¡Nadie ha dicho que lo fueras!

M.- ¿Vas a hablar de una vez? ¿Qué buscas aquí?

I.- Ya te lo he dicho. Ofrecerte nuestra amistad.

M.- Gracias.

I.- esa era toda mi misión.

M.- Gracias.

I.- Pero mientras no entres en razón…

M.- ¡Siéntate!

I.- No quiero echar a perder tu concierto nocturno.

M.- ¡Siéntate!

I.- Tengo que hacer.

M.- ¡Siéntate!

I.- No tengo por qué aguantar que me des órdenes.

M.- ¡Siéntate!

I.- Me da la sensación de que tú…

M.- (Fuera de sí) ¡Siéntate!

I.- (Sentándose) ¿Qué significa esto?

M.- Tomaremos un poco de té.

I.- Tengo cosas que hacer.

M.- Ahora estás aquí conmigo.

I.- (Insegura) No me dejo intimidar.

M.- Gracias por la visita.

I.- Las farsas me resultan muy desagradables.

M.- (Le ofrece la bombonera) Toma.

I.- No me gustan los dulces.

M.- Son de Desirée. Ella me los regaló. ¡Qué atenta! ¿verdad?… También las flores son de Desirée, míralas…

I.- Muy atenta, de veras.

M.- No. La bombonera es bonita.

I.- ¿Qué significa esto?

M.- Entonces… vuestra amistad.

I.- Reflexiónalo con calma.

M.- ¿Qué es eso: vuestra amistad?

I.- Reflexiónalo con tiempo. Tienes tiempo.

M.- Estoy perfectamente tranquila. ¿La idea fue de él?

I.- Eso no tiene importancia.

M.- La carta no dice nada al respecto.

I.- Se nos ocurrió más tarde.

M.- ¿A quién?

I.- Es algo demasiado evidente como para que hubiese que escribirlo expresamente.

M.- A mi no me parece tan evidente.

I.- ¿Después de haber vivido dos años contigo?

M.- Eso se lo has enseñado tú también.

I.- Parece que lo consideras un imbécil.

M.- Lo considero inescrupuloso e indiferente, pero su falta de escrúpulos se debe a su indiferencia. No es un mal hombre.

I.- Nadie ha dicho que lo fuera.

M.- Sin embargo, a él nunca se le habría ocurrido ofrecerme su amistad desde hoy. Es idea tuya.

I.- No tiene importancia.

M.- Sí que la tiene, porque tú eres mala.

I.- Si eso te tranquiliza…

M.- Lo haces porque te gustan las cosas bien ordenadas. (Irene ríe) Calculas hasta los gramos de sentimiento.

I.- No lo sabía.

M.- Y le has enseñado la cantidad de gratitud que no llega a ser peligrosa para ti.

I.- Lo haces todo con premeditación. Eres una estúpida.

M.- Sigue. Parece que te sienta bien.

I.- Ahora soy yo la estúpida.

M.- Solo consideras tu objetivo.

I.- No lo niego.

M.- Tu ambición trabaja como una máquina: sin miramientos ni consideraciones, solo para lograr el objetivo.

I.- Bastante habré luchado para conseguirlo.

M.- Lo sé.

I.- Yo no hice mis estudios en la cama…

M.- También lo sé.

I.- Nadie me pasa un sobre a final de mes.

M.- Pasaste muchos apuros para llegar a tu objetivo.

I.- Pasé hambre.

M.- Y estás orgullosa de ello.

I.- ¿De haber pasado hambre?

M.- De haber pasado hambre.

I.- Tus conclusiones son sorprendentes.

M.- A todo el mundo le dices que pasaste hambre para poder estudiar.

I.- Para que no haya ninguna duda de lo que me ha costado llegar hasta aquí.

M.- Nadie sospecha de tu conducta.

I.- La juventud es sospechosa por naturaleza, capaz de cualquier cosa. Es una etapa difícil y no basta con sobrevivirla. Hay que vencer en ella. Ese es el secreto de los que saben su camino en la vida.

M.- (En voz baja) Yo ya no quiero vencer.

I.- La juventud, que al despertar, no encuentra su lugar, está expuesta a un continuo peligro mortal. Entonces, el hecho de ser joven se convierte en una enfermedad.

M.- No quiero vencer.

I.- Volverás a encontrarte a ti misma. (María la mira) ¡Si tú quieres!… Únicamente tienes que proponértelo.

M.- ¿Para eso viniste a verme?

I.- Todavía podemos seguir siendo amigas.

M.- ¿Acaso me necesitas? (Irene la mira vacilante) ¿Vosotros me ayudaréis?

I.- Si tú quieres, sí.

M.- Yo no quiero.

I.- Entonces te pido que disculpes mi intromisión (Se levanta)

M.- No quiero volver a veros, ni a ti ni a él.

I.- Como tú quieras.

M.- Odio todo este embuste.

I.- ¡No vuelvas a irritarte!

M.- Tu bondad, tu abnegación… Todo es mentira. Solo quieres demostrar tu poder. Pero a mi no me vas a someter.

I.- Separémonos con calma.

M.- Te veo tal como eres, hasta el fondo de tu ser… ¡Eres Irma!

I.- Ahora te pones vulgar.

M.- Pero te haces llamar Irene.

I.- Y aunque me llame Irma… ¿Qué tiene eso que ver?

M.- Que todo en ti es mentira. (Irene se dirige a la puerta) ¡Irma, la hija del jardinero!

I.- ¡Déjame salir! (María se interpone entre ella y la puerta)

M.- ¡Siéntate!

I.- Has perdido la razón.

M.- ¡Siéntate!

I.- Déjame salir. (La toca)

M.- (La rechaza de un empellón) ¡A sentarse, Irma!

I.- Gritaré… pediré socorro.

M.- Grita Irma, él no puede oirte.

I.- No permito que me impidas salir.

M.- (La agarra violentamente por el pelo) Este es el horizonte, ¿verdad? El resto de horizonte.

I.- (Fuera de sí) ¡Suéltame!

M.- ¡Todo mentira!

I.- ¡Te doy una hostia!… (Luchan)

M.- (Riéndose) Él espera abajo, ¿verdad?… Es un hombre al que se puede amaestrar para todo. ¡Bien que te has dado cuenta, zorra! (La arrastra a través de la habitación y ata su cabello a la pata de un armario) ¡Thalatta, Thalatta! El grito de guerra de Federico. Ahora jugamos a los indios (Ríe cada vez más exaltada) ¡Cabeza roja! ¡Cabeza roja! ¡Atada a la pata de un armario! (Se levanta de un salto) Y ahora a buscar al potro salvaje (Sale)

I.- (Gritando) ¡Terminarás por matarte! (Trata de desenredar su cabello)
Escena 6ª, acto II: María, Petrell.

M.- (Entrando) Ven, ven. (A Desirée) Déjanos solos. (Desirée vuelve a su cuarto) Ya se ha ido. Has tardado demasiado. (Ríe)

P.- ¿Dónde está?

M.- ¿Por qué te quedas tan lejos? Siéntate.

P.- ¿Qué quieres?

M.- A ti ya no. Puedes estar seguro. ¡No tengas miedo!

P.- ¿Qué quieres?

M.- Prefiero correr por las calles, como una bestia estúpida que no sabe a quién pertenece. Siéntate.

P.- Cuando te hayas calmado.

M.- Estoy perfectamente tranquila.

P.- Te conozco muy bien.

M.- Gracias.

P.- ¿Tenemos que separarnos así?

M.- Guarda los tonos blandos para la otra.

P.- Te lo explicaré.

M.- Bastaría que yo moviera un dedo para que no volvieras con ella. Cualquier mujer te maneja a su antojo.

P.- Contigo no se puede hablar.

M.- ¿Por qué no se puede hablar conmigo?

P.- Tú no hablas.

M.- ¿Canto acaso?

P.- Estás jadeando.

M.- (Ríe) Estoy jadeando.

P.- Lo digo en sentido metafórico.

M.- Ella, en cambio, tiene una flauta en la boca.

P.- ¡Termina de una vez!

M.- Y yo no estoy jadeando.

P.- No dije que jadeabas.

M.- Dijiste que estaba jadeando.

P.- Quise decir que estabas demasiado excitada.

M.- Dijiste que estaba jadeando.

P.- Demasiado excitada para poder hablar tranquilamente.

M.- Dijiste que estaba jadeando.

P.- Si insistes en querer que así sea…

M.- ¿Quién dice que quiero algo?

P.- ¿Por qué me obligaste a subir entonces?

M.- Para que vinieras a buscar a Irene.

P.- Mientes.

M.- Para que te la lleves contigo.

P.- Hace tiempo que se ha ido.

M.- ¿Y cómo es que no ha pasado a buscarte el café?

P.- Ella habría evitado que tú me abordaras.

M.- Evitar algo resulta, a veces, difícil.

P.- ¿?

M.- Eres incapaz de reconstruir. Busca, a lo mejor encuentras algo de ella en este mismo cuarto.

P.- Será mejor que nos veamos en otro momento.

M.- Un trozo de horizonte en esta misma habitación.

P.- Cuando te hayas calmado.

M.- ¡Husmea, husmea, potro salvaje!

P.- ¡Estoy harto! (Intenta marcharse)

M.- ¡Husmea, potro salvaje! Frío, frío… (Ríe) Si te acercas al armario estarás más caliente. Caliente… Abre bien los ojos. ¿Todavía no ves nada? (Triunfante) ¡Aquí está el horizonte! ¡Este resto de horizonte! (Levanta unos mechones de Irene y se los muestra)

P.- (Asustado) ¿Qué habéis hecho con ella?

M.- Hemos jugado a los indios.

P.- (Horrorizado) ¡María!

M.- (Carcajada) ¡Jugamos a los indios! Tal como tú lo escribiste en tu carta, potro salvaje. Le arranqué el cuero cabelludo a la jefa de la tribu piel roja.

P.- (La abraza aterrado) ¡María! (Ésta, tranquila de repente, lo mira. En voz baja) ¿Qué le hiciste? (María le mira con los ojos muy abiertos) ¿No la habrás…?

M.- (En voz baja) Suéltame.

P.- ¿Te has vuelto loca?

M.- No vuelvas a tocarme.

P.- Quiero saber qué hiciste con ella.

M.- Nada.

P.- (Enérgico) ¿Dónde está Irene?

M.- (Resuelta) ¿Y si la hubiese matado?

P.- No te creo.

M.- Hace un momento lo creías.

P.- Pero ahora ya no lo creo.

M.- ¡Lo creías!

P.- No te creo capaz.

M.- Podrías equivocarte.

P.- Veo en tus ojos que no.

M.- ¡Conocedor del alma humana!

P.- ¿Dónde está entonces?

M.- En la cocina. La policía ya está en camino. El médico también estará en la cocina.

P.- La has escondido.

M.- Pregúntale al médico. La estrangulé. Si no te vas, te arrestarán a ti también.

P.- ¿La encerraste? ¿Está con Desirée?

M.- Yo en tu lugar no preguntaría tanto, sino que iría a la cocina. ¿O es que tienes miedo?

P.- Gozas viéndome sufrir.

M.- (Cambiando de tono) No le pasó nada.

P.- ¿Dónde está entonces?

M.- En casa.

P.- ¿En casa?

M.- Quizás en tu casa. ¿La quieres mucho?

P.- ¿Bajaste con ella?

M.- (Agotada) La até aquí para que no pudiera retenerme Te será muy útil. Te ayudará a triunfar. Irene es sumamente hábil.

P.- (Estupefacto) ¿De los pelos?

M.- (Asiente) Cuéntame, ¿desde cuándo estás enamorado de ella?

P.- ¡Qué brutalidad!

M.- Perdóname. ¿La quieres mucho?

P.- Déjame ahora.

M.- ¿Te duele? ¿No me puedes perdonar?

P.- Me voy.

M.- ¿No me puedes perdonar? ¡Bésame!

P.- Tengo que irme.

M.- Odio. ¿Odio para siempre? Harás carrera con su ayuda.

P.- Ya te dije que sería un error.

M.- ¿Qué sería un error?

P.- Adiós.

M.- ¿Haber subido aquí? ¿Ése fue el error? A mi me conoces mejor que a Irene. No te hubieras dejado convencer. Di algo… ¡Contéstame!

P.- A pesar de todo, no te hubiera creído capaz de semejante brutalidad.

M.- Ella también encontrará su camino. A los dos os irá bien. (Petrell quiere irse. De improviso) ¡Pégame ya!

P.- ¡Estás loca!

M.- ¡Pégame, si no puedes perdonarme!

P.- ¿Quieres que nos oigan en todo el edificio?

M.- Me desprecias.

P.- Hablando no llegaremos a ninguna parte.

M.- ¡Pégame ya!

P.- No grites.

M.- ¿Qué tengo que hacer para que me pegues? A ella le pegué también la até como a un perro rabioso. (Fuera de sí) ¡Pégame de una vez! (Petrell se dirige hacia la puerta) ¡Quédate! Así no se va uno después de haber amado a una mujer durante dos años. ¿O fue una farsa? ¿Todo fue una farsa?

P.- ¡No te aguanto más!

M.- ¿Y mi dinero?

P.- ¿Tu dinero?

M.- Mi dinero. ¿Acaso no te mantuve?

P.- (Cierra la puerta rápidamente) ¿Quieres que lo oiga todo el mundo?

M.- ¡Todo el mundo debe de oír que te dejaste mantener por mi durante dos años!

P.- (Pálido) ¿Estás loca?

M.- Ahora te quedas pasmado. Pero ¿quién permitió que le comprara todo? ¿Quién estuvo dando clases hasta medianoche para conseguir comida y dinero? ¿A quién le compré ropa, libros, zapatos…?

P.- Te devolveré todo ese dinero.

M.- Me dejarás tirada, como ahora. Irene sabe guardar lo suyo.

P.- Yo también gano.

M.- ¿Y quién corrió hasta cansarse para conseguirte un empleo?

P.- No lo niego.

M.- … ¿Y te pagó un psicólogo por una depresión que no era mas que literatura?

P.- Esto empieza a ser insoportable.

M.- (Con sarcasmo) ¡Insoportable, dice!

P.- Así se interroga a un ladrón.

M.- ¿Acaso no eres un ladrón?

P.- María…

M.- ¡Si no eres un ladrón!

P.- Ya no sabes lo que dices.

M.- ¡Eres un ladrón!

P.- ¡Estoy harto! (Se dirige hacia la puerta)

M.- ¡Pégame si no eres un ladrón!

P.- Por mi que vengan todos corriendo.

M.- ¡Pégame de una vez! (Le retiene) ¡Pégame si no eres un ladrón! ¿No tienes compasión de mi?

P.- Deberían ponerte debajo de un grifo.

M.- (Sollozando, se deja caer de rodillas) Pégame si no eres un ladrón.

P.- Tu locura empieza a contagiarme. (Se libra violentamente)

M.- ¡No te suelto antes de que me pegues! ¡No te suelto!

P.- Te deberían encerrar en un manicomio. (Mutis)

M.- ¡Pégame! ¡Pégame! ¡Pégame!
Escena 7ª, acto II: María, Desirée.

(Sale Desirée de su cuarto)

D.- (Se arrodilla al lado de María) ¡Marion!

M.- (Sonriendo) Pégame. Tú no eres una ladrona.

D.- ¡Pobre Marion!

M.- No me pegó.

D.- Ven, yo secaré tus lágrimas.

M.- Sí, bésame.

D.- Mi pobre Marion.

M.- No me pegó. Bésame otra vez.

D.- (La besa) Ahora nos acostamos en mi cama, bien juntitas, y enseguida volveremos a sentir calor.

M.- Sí.

D.- Como en los días de la infancia. Te contaré muchas cosas, Marion, y antes de dormirnos seremos como dos hermanitas.

M.- Como dos hermanitas antes de dormirse, cuando ya se ha apagado la luz. Eres mi hermana.

D.- Y tú eres mía.

(Las dos permanecen estrechamente abrazadas)

Fin del segundo acto.

Tercer y último acto.

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